Ser fan como estilo de vida

He asistido a nueve conciertos de mi cantante favorito en un período de diez años. Solo este año lo vi seis veces y gracias a oportunidades de la vida lo he podido ver en seis países diferentes. Tengo todos los discos que ha lanzado al mercado, todos los dvds y estoy en el proceso de tener todos los sencillos e incluso los vinilos de sus discos. Tengo polerones, poleras y muchos posters con su nombre, muchos de los cuales aún decoran mi habitación. Sí, soy fan de un artista lo cual es muchas veces inentendible por el común y corriente de la población pero déjenme decirles, no saben lo que se pierden.

Ser fanática o fanático de alguien no necesariamente quiere decir que estemos obsesionados con alguien o con algo y que queramos casarnos finalmente con nuestro alguien favorito. En mi caso personal, mi fanatismo comenzó a los catorce años de la mano de un programa de televisión que trajo a Chile a un artista angloparlante. Lo vi y lo amé de buenas a primeras. Me encantó su música, las letras de sus canciones y la forma en que se expresaba. Por supuesto también me encantó su persona. De ahí en adelante todo fue una seguidilla de compras en Feria del Disco y una felicidad extrema cuando se anunció que visitaría nuestro país. Con dieciséis años partí sola por primera vez a Santiago al Estadio Nacional para asistir a mi primer concierto, que definitivamente me cambió la vida.

De ahí en adelante mi fanatismo ha pasado por épocas. Ser fan no necesariamente tiene que ser algo relegado a nuestros años de adolescencia. Definitivamente puede seguirte hasta la adultez sin la necesidad de sentirte avergonzado por ello. Lo principal es saber dónde están los límites y divertirse. Ya a mis veintitrés años, mi fanatismo, mucho ahorro y la negativa de mi cantante favorito por regresar a nuestro país me llevó a ser parte del llamado turismo musical. Al igual que un grupo de amigas, me subí a un avión en Santiago y llegué hasta Inglaterra para asistir a tres de sus conciertos en la capital inglesa. Ser fan fue lo que motivó mi viaje y hasta ahora ser fan me ha llevado a vivir los momentos más felices de mi vida. El fanatismo por un cantante en particular me llevó a conocer a muchas personas que comparten mi gusto musical, personas que en pocos meses se volvieron amigos entrañables. Hemos hecho tonteras inexplicables para el común de la población. Tonteras como pasar doce horas en una fila solo para quedar más cerca de nuestro artista favorito, o tonteras más osadas aún como acampar afuera de un estadio en un país extranjero con tal de quedar en frente de los noventa mil asistentes al concierto. El tema es que estar enfrente de tu artista preferido es una experiencia sin igual. En lo personal, el asistir a conciertos con personas tan fanáticas como uno, te desinhibe. Para mí los conciertos son dos horas de poder gritar hasta quedar sin voz, saltar, cantar y bailar sin que nadie te mire raro porque estás con personas tan fanáticas como tú al lado. Básicamente los conciertos son la oportunidad de ser como tú quieras ser por dos horas sin que nadie piense que estás completamente loca.

Suena raro, pero hay que vivirlo. Ser fan me ha traído viajes, amistades y experiencias inigualables que mucha gente no vive. No es necesario obsesionarse ni perder la cabeza para ser fan de alguien. Simplemente es un gusto que más que llevarnos a hacer cosas que pueden parecer muy tontas para el resto de la gente, simplemente nos lleva a un estado original donde podemos ser verdaderamente felices simplemente escuchando una canción y viendo a nuestro cantante favorito sonreír a medio metro nuestro.