Vivir en el extranjero, un cambio en la perspectiva de vida.

Vivir en el extranjero es una experiencia que te cambia la perspectiva de tu propio país y del mundo en general. En mi caso, crecí soñando con algún día vivir y estudiar en Inglaterra y lo logré gracias a una beca de postgrado. Ser turista en el extranjero es definitivamente muy diferente a vivir cierta cantidad de tiempo fuera del país. Habiendo experimentado las dos situaciones con respecto a Inglaterra, puedo decir que ser turista en Europa es maravilloso y te deja con un gusto dulce de lo que nos imaginamos como primer mundo. Sin embargo, vivir un año en países europeos como Inglaterra te abre la mente a una perspectiva totalmente diferente con respecto a ese primer mundo con el cual tanto nos comparamos muchas veces.

Mis primeros meses en el Reino Unido fueron bastante parecidos a mi experiencia como turista. Al principio es fácil encontrar todo muy lindo y maravillarse con cosas que no existen en nuestro país. Dentro de estas cosas inexistentes no puedo dejar de nombrar el espectacular sistema de trenes que tiene Reino Unido, la belleza de sus paisajes y castillos, la calidad de sus centros de estudio, entre hartas otras cosas. Recién llegada a otro país no dejaba de sorprenderme lo bien que funcionaba el transporte público en la capital, y lo ordenada que era la gente. Por ejemplo, era impensado pararse al lado izquierdo en una escalera mecánica. Tal cual ovejas, la gente sin que nadie se lo diga, siempre se para al lado derecho de las escaleras y camina al lado derecho cuando va por los pasillos del metro. El lado izquierdo está reservado para la gente que va con apuro y quiere caminar o andar mucho más rápido. Insisto, eso es realmente impensado en Chile y nos hace pensar de buenas a primeras en nuestra idílica idea de primer mundo.

Vivir en el extranjero derriba mitos y en mi caso mi castillo construido con lo que creía era el primer mundo se derribó. No lo pasé mal ni fui asaltada ni nada por el estilo, pero un año viviendo en el continente Europeo me enseñó que nuestra idea de primer mundo no es nada más que nuestra incapacidad de ver nuestros logros como sociedad. Las veces que extrañé Chile, sobre todo Osorno, no fueron tantas, pero sí se dejaron sentir con fuerza sobre todo en ocasiones en que me encontré sorpresas no gratas con respecto a la forma en cómo funcionan las cosas afuera. Fue duro darme cuenta que  a pesar de tener salud gratis en el Reino Unido, la calidad de la atención no se acercaba para nada a lo visto en la salud privada en nuestro país. Sí, siempre nos quejamos de tener que pagar por la salud si queremos mejor atención pero funciona. Muchas veces me vi con problemas de salud serios yendo al médico en Inglaterra solo para ser atendida por cinco minutos y volver a casa con una caja de paracetamol. Ahí ya comencé a darme cuenta que el primer mundo es realmente inexistente y ningún país funciona realmente como reloj suizo. Reino Unido sufre de enfermedades parecidas a las que sufre Chile: también hay centralismo y es realmente imposible de dejar de lado al salir de Londres. El transporte público fuera de la capital inglesa no funciona de la misma forma que en la capital. Muchas veces me vi por lo menos una hora esperando por microbuse26s que nunca pasaron o choferes que, a la usanza del Transantiago, nunca pararon para tomar a sus pasajeros. Es verdad que hablo de ciudades con muchos más recursos de lo que nosotros tenemos. Sin embargo, mi punto es que a pesar de la cantidad de recursos con las que el llamado primer mundo cuenta, vivir en el extranjero te hace dar cuenta que ellos sufren de las mismas enfermedades que nuestro tercer mundo. Un año afuera me enseñó que podemos mejorar pero para ello debemos parar nuestras comparaciones absurdas con países que a pesar de tener muchos más recursos que nosotros, igual tienen fallas que pasan desapercibidos a los ojos de turistas embelesados por lo que parece ser perfecto.